El acecho o una araña en la cocina

18 junio, 2015
El acecho o una araña en la cocina

Por Solange Rodríguez

Ilustración:  Paco Puente

Apenas abrió el enorme anaquel de provisiones salió a su encuentro, patilarga y veloz veloz, moviéndose ágil como si le sobrara la vida. Por ser también parda y repugnante, la mujer no le dio tiempo de que huyera. Volvió a atrapar a la araña dentro, cerrando la gruesa puerta de madera y con un asco infinito la trabó con la cinta engomada que alguna vez guardó para las manualidades del hijo. Fue cuidadosa, no quería ni siquiera que sus dedos fueran más allá del borde del adhesivo, como si por el solo hecho de tener la araña dentro el aparador entero fuese ya todo insecto, todo movimiento y pelos vibrantes.

Dio aviso en la casa y se puso en pie de guerra. Un marido y un hijo adolescente, que apenas paraban ahí para dormir, no le prestaron mucha atención: “Hay una araña en la cocina”, dijo, “y voy a matarla de hambre”. El esposo, lógico y calculador, señaló mientras se vestía para ir a trabajar que, si estaba atrapada junto con la comida, esa no era precisamente una buena idea. Y tenía razón. Ella ignoraba de qué se alimentaba una araña, tal vez de insectos más pequeños o de migajas de pan que allá adentro encontraría, pero ella estaba decidida a no dejarla salir. La araña moriría por inoportuna y por fea entre enlatados y café molido, dentro de un armario de roble.

Sufrieron incomodidad una semana, sobreponiéndose a las quejas de los hombres por tener que ir a conseguir comida fuera de casa. Ella se consolaba pensando en la araña también pasando miedo, moviéndose nerviosamente, tal vez empezando a devorarse a sí misma, a algún macho descuidado o a sus propios hijos; su mente se dirigía en todo momento a la araña a punto de morir con la barriga amarilla atravesada por el alfiler del hambre.

Arana_CocinaAMPor las noches, una vez que los sonidos cotidianos se evaporan y quedan los extraños, ella caminaba descalza hasta el anaquel donde estaba atrapada su enemiga y daba topecitos con las uñas en la madera, pero no había respuesta. Después se paseaba entre sombras por la casa, rastreando salamandras en las paredes, hormigas en el piso, termitas en las puertas, polillas en las mesas, caracoles en el jardín… imaginando un mundo de amenazas tras el universo cotidiano. El acecho que imaginaba no la dejaba descansar. Algunas veces despertaba al esposo para que la ayudara a matar mosquitos, porque sus zumbidos le quitaban el sueño, pero él abría los ojos cansados de mirar cosas importantes y se volvía a dormir inmediatamente. Nada, él nunca amanecía con picaduras, en cambio, ella tenía la piel irritada todo el tiempo.

Siete días después, cuando imaginó que el tiempo ya había hecho su parte abrió la portezuela armada de guantes, insecticida y una escoba. Uno a uno extrajo las conservas, los fideos, las botellas de sazonadores, los sobres de sopa, esperando descubrir, a medida que vaciaba el espacio, el cadáver disecado de la araña. El precio era que tal vez su fantasma sin exoesqueleto la espantaría entre las provisiones y en cada bocado estaría comiendo un porcentaje del alma de la araña y la envenenaría poco a poco; pero podría vivir con esa sospecha el resto de su vida. Una araña muerta jamás sería tan poderosa como una viva. Pero no la encontró jamás, en su lugar, un misterio inexplicable la miraba desde ese espacio vacío. La araña espantosa parecía no haber estado ahí jamás.

El desconcierto, que duró semanas, le impidió ver cómo poco a poco se fue quedando sola en su lucha: ni el hijo llegaba a horas decentes para relevar la guardia ni el esposo se molestaba en avisar cuándo no iría a dormir para hacer los turnos de la noche. No le importó el abandono, el asunto principal para ella era ajustar cuentas con la araña. Supo entonces que en algún lugar de la casa y en cualquier momento se ejecutaría una pequeña venganza mucho menos sutil y más violenta que lo planificado inicialmente. ¿Desde dónde la atacaría? ¿Le saltaría en la cara desde la punta de la regadera? ¿Se escondería en un zapato? ¿Se metería en su boca mientras dormía? Y ella… ¿aplastaría finalmente a la araña con sus manos, hasta despedazarla y sentir escurrirse las vísceras azuladas entre sus dedos? ¿Cómo sonaría el grito agónico de una araña en plena muerte si no tenía garganta?

Pasó un mes famélica y aguardando: no comía, no se bañaba, no se cambiaba de ropa por no hallarla entre las prendas del armario. Imaginaba a todas horas a la araña y sus aliados atacándola. Lo intuyó cuando las frutas recién compradas se llenaron de moscas y el hijo halló un gusano mordiendo una manzana. Temió que se vendrían en su contra ratas, cucarachas, chinchillas, elefantes y todo ese desorden en el universo por intentar matar una araña en la cocina, por recordarle que es la mujer quien verdaderamente manda en el mundo.

Y finalmente, una mañana luego de muchos días solitarios de compañía y de cama, al despertar, la encontró esperándola en mitad de la sala, más grande aún de lo que la recordaba. No supo si fue hacia ella para atraparla o para darle un abrazo, pero hubo un correteo confuso que terminó con la mujer huyendo hacia la cocina, cerrando tras de sí la puerta del gran aparador, doblándose sobre sí misma, haciendo silencio para ocultarse. Pasó mucho tiempo allí encerrada, comiendo pasta cruda y aceitunas antes de que escuchara los pequeños toques secos del otro lado que le parecieron cordiales. Los contestó con esperanza y en son de paz. Pero ella supo, por el olfato y con un sabor agriado en la garganta, que la araña horrorosa la había suplantado, estaba haciendo el café de la familia para desayunar y se lanzaría después a tratar de conquistar el mundo.