Mala Persona

16 julio, 2015
Mala Persona

Cuento

Por: Elías Urdánigo

Ilustración:  Paco Puente

Tuve ganas de decirle nena, si lo haces de esa forma no vas a lograrlo. La forma de cortarse las muñecas no es horizontal sino vertical, para que al médico le sea difícil coserte. 

No lo hice. Primero, porque esa era la línea de una película. Segundo, porque ella no estaba intentando cortarse las venas. Tercero, porque no estábamos en una película. De estar, estábamos en la mierda. En ese punto donde ya no hay más caminos que recorrer.

Ella insistía en que estaba deprimida, con ese antojo que tienen algunas mujeres de copiar lo que está de moda, así se trate de enfermedades mentales. Estoy deprimida, dijo, no tengo ganas de hacer nada.

Yo también pensé estarlo. Digo, vivíamos en un departamento cuyo arriendo, en ocasiones, debía pagar mi suegro. Nuestros sueldos no alcanzaban, además teníamos, cada uno por su lado, vicios irreemplazables.

El siguiente paso fue suspender el sexo, claro, ella estaba deprimida. Debes ir con el médico, dije. No quiero hablar con ningún extraño, respondió.

Conmigo tampoco hablaba.

Yo creo que siempre he vivido en depresión. En crisis. Soy un hijo nato de la Latinoamérica jodida, un original gallo del país, como diría Tego Calderón. Me hundo, toco el fondo de la piscina, siento la opresión en mis pulmones y mi cabeza, después estoy otra vez sobre el flotador, bebiendo gin tonic y protegido tras mis gafas. He aprendido a controlar la tristeza, la miseria de dentro y la de fuera, la ira, soy un jodido maestro zen.

Me desarmaba que ella no pudiera hacerlo.

Llevábamos dos años, ya sabes, dulces al principio, bla bla bla. Supongo que sus expectativas estaban demasiado altas. Cuando las cosas tal cual las imaginó no sucedieron, llegó el momento de la confrontación. Después el de la derrota. Luego el súbito cambio de personalidad. Digo, tener expectativas altas, como escritora o como simple habitante de este planeta, es demasiada inocencia.

Publicó una novela, que le costó mucho escribir, ya sabes lo que dicen, un libro malo es tan duro de escribir como uno bueno. No soy un tipo cínico. Bien, lo soy, pero no siempre y con ella me guardaba de serlo. Cuando me preguntó qué pensaba de su novela, no tuve los huevos para decirle que me había parecido terrible, inconsistente, floja, que los personajes no tenían fuerza, que estaba mal escrita y mal editada.

Meses después, mientras se quejaba por la poca atención que había recibido su libro, achacándolo a la envidia de unos (sus amigos) y a la falta de compromiso cultural de otros (sus conocidos), apreté las mandíbulas. Dizque periodistas culturales, bramó. Estaba a punto de echarse a llorar. No sé qué me empujó a decirlo, quizá soy peor persona de lo que creo, entonces le di un trago a mi cerveza y, como si nada, le dije: nena, olvídalo, tu novela es mala, es muy mala, si no te conociera diría que tuviste que mamar mucho para que te publicaran.

Lo sé, lo sé…

Antes de ponerse a llorar me dijo que yo era la peor persona que había conocido en su vida. Tantas respuestas a esa afirmación, pensé, pero era mejor dejarlo de ese tamaño. Ya había cometido la buena acción del día, no era cosa de exagerar. Si la frase que me soltó no fuese un cliché de las relaciones amorosas probablemente hubiese logrado su objetivo.

Ella se encerró en la habitación, y yo salí a deambular.

Tenía 33 años, una novela mediocre y una pareja “que no la apoyaba”, supongo que pensó que era el momento de girar el volante. Cuando me di cuenta estaba escribiendo frases de gurú en su muro de Facebook. Le decía a la gente cómo debía vivir, y qué debían buscar de la vida, hacía gala de una filosofía new age. Un tiempo sus contactos le siguieron la corriente, sus estados se llenaron de likes, y comentarios buena onda, pero eso no duró. Pronto se aburrieron y la dejaron sola con su nueva faceta de iluminada. Entonces empezó su etapa de psicóloga, y se autodiagnosticó depresión.

cuento webEstoy pasando por una etapa de depresión, y creo que viene de muy atrás, dijo. No quiero hacer nada. No quiero que me toques. Salí de la cama y me fui a dormir al sillón.

Dejó de escribir para el periódico, dejó de recibir un sueldo; y mi whisky no duraba una semana. Si estás deprimida debes tratarte, le dije. No es ese tipo de depresión, respondió, mi estado va más por el lado espiritual, estoy agobiada del mundo…

Se marchó a casa de sus padres para estar con ellos en su aniversario de bodas número 40. Supe que había salido con amigos, y me alegró que no estuviese tan mal como había dicho.

Me dieron vacaciones en la librería y me fui a la playa, cuando volví ella estaba acostada sobre los discos que había sacado de la repisa. Teníamos casi un mes sin vernos. Me trepé a una silla para mirarla desde un mejor ángulo. Estaba linda, con el pelo pegado a la frente y el color de las portadas haciendo contraste con la ropa y el tono de su piel.

Esto no es como te lo imaginabas, ¿cierto?, me dijo después de culiar en el piso de la sala, entre los discos. Le pregunté si se refería al sexo (que había resultado bastante bueno, casi como al principio). Se abrochó el bluyín y no contestó. En ese momento empezaron los días de preguntas sin respuestas, y silencios abrumadores. Volvió a escribir para el periódico pero insistía en su depresión.

Por qué no escribes otra novela, le pregunté una noche.

Para qué. No tengo ganas de mamársela a nadie, me hincó.

Ya hablamos de eso, sostuve, estaba ofuscado, arrecho de oírte quejar. Mira, creo que el problema de la literatura del país es que los escritores noveles se afanan por publicar lo primero que escriben… la que vendrá será mejor, la animé. Aunque pensé, si ella no logra reconocer los errores de su libro, qué caso tiene. Lo que escriba será igual de malo.

Tú qué sabes de escribir novelas, me dijo. Yo estaba en el sillón, y ella de pie, me puso las tetas cerca de la cara: no sabes nada de escribir novelas, ni de escribir una mierda. Me agarró del pelo con las dos manos. Por un instante fuimos esa pareja de antes, motivada por el deseo auténtico. Rompí los botones de su blusa. Metí un dedo en su boca y luego lo llevé hasta su culo. Ella sacudió las caderas como lo haría una sirena arponeada. Me dio un golpe con el revés de su mano. Chuchadetumadre, dijo, hijo de puta.

Ahí acabó todo. Ya sabes, comencé a imaginar que le decía cómo cortarse las muñecas y en conversaciones de funeral.

Durante días estuve buscando la manera de confrontarla, hasta que ella se me adelantó. No vamos a ninguna parte juntos, quiero estar sola por un tiempo, es lo más sensato que puedo hacer, me dijo. Por el bien de las dos partes es mejor que cada uno viva por su lado.

Es una decisión apropiada, señalé, también la tenía en mente.

Me haces reír, replicó, tienes tanto miedo a perder. No me importa lo que hayas pensado, soy yo la que no quiere estar contigo.

Nena, no hay razón de discutir, los dos estamos de acuerdo. No tiene caso.

¡Deja de llamarme nena!, chucha, soy una mujer, entiendes.

La había llamado así mientras cogíamos, mientras cocinábamos juntos o veíamos televisión… pero ahora era una mujer. Y yo era el tipo abandonado por esa mujer, era su fantasía así que preferí no hacer escándalo.

Un día después me mudé, le dejé el televisor y me llevé los libros que ella no quería. Me pidió para el arriendo del siguiente mes, y aunque no era mi obligación, le entregué el dinero de buena gana.

Durante un buen tiempo no supe de ella, hasta que me enteré que había montado un taller de escritura creativa en el que había sido nuestro departamento. Me pareció bueno que sus ingresos estuviesen mejorando. Que estuviese aprendido a vivir con sus limitaciones, como hacemos todos.