EL AMOR EN TIEMPOS DE TINDER

8 octubre, 2016
EL AMOR EN TIEMPOS DE TINDER

 

SOHO Octubre / 160

Por Desirée Yépez

 

Es un miércoles de febrero, 16:00. Andrea y Daniel están echados sobre un colchón de plaza y media. Los rayos de sol que atraviesan la ventana abrigan sus cuerpos desnudos, mientras la Virgen de El Panecillo parece mirarlos de reojo. Ella es la única que sabe que la pareja que ahí descansa apenas se conoce. Andrea y Daniel no son amantes. Tampoco son amigos. Se conocieron hace aproximadamente 20 horas, lapso insuficiente para forjar una amistad pero el necesario para animarse a vacilar y jugar a ser lo que no son, lo que no serán. “Yo no estoy buscando novia ni nada por el estilo”, le advirtió él en uno de los mensajes que intercambiaron antes del encuentro. “Yo tampoco quiero novio”, respondió ella, aceptando las condiciones sugeridas para la cita. La quiteña, de 27 años, y el argentino, de 30, son usuarios de una de las redes sociales de citas más populares del momento. Ambos dieron con la aplicación por curiosidad, por recomendación de los amigos, porque es lo que está de moda: Tinder. Y Tinder los juntó a esta hora y en este lugar.

tinder-1Andrea encontró a Daniel dos días después de abrir su cuenta. Lo hizo porque estaba sola, porque quería conocer gente nueva, varias de sus amigas la probaron y les fue bien. Como en las demás redes sociales, en este programa los usuarios arman un perfil con fotos y una breve descripción de su personalidad e intereses. Si alguien quiere salir con un usuario o usuaria presiona un corazón verde y ofrece el like. Lo particular es que el interés debe ser mutuo para que se produzca el match y puedan empezar la conversa. Daniel fue uno de los match que Andrea logró en Tinder y el primero que se animó a mandarle un mensaje. Chatearon sobre sus gustos, intereses, aspiraciones… Hasta que él dio el primer paso. “¿Cuándo nos vemos?”, preguntó. Al leer esa línea, el miedo y la adrenalina se hicieron uno en el cuerpo de ella. Sería su primera cita con un total desconocido. Aceptó. Luego de dos días en el chat, se encontraron face to face. Se vieron en la plaza Foch, ese lugar donde se desarrolla la vida social quiteña y en donde es tan difícil sentirse solo. La idea era encontrarse en un sitio con más personas, por si la situación fallaba. Al final, un perfil virtual no garantiza nada. Esa era la premisa de ella en todo momento.

Es un martes de febrero. Son las 20:00. Andrea y Daniel están sentados sobre el sofá de un bar. Un par de cervezas relaja la situación y se comportan como si ninguno de los dos tuviera miedo. Hablan de todo, fuman y lo importante: se cercioran de que ambos tienen ganas de dar el próximo paso. No hay mucha gente en la calle y optan por caminar entre los vendedores ambulantes, los cuidadores de autos y uno que otro policía. Sobre la calle Diego de Almagro él se detiene y le lanza el próximo reto: “Decime qué tengo que hacer porque me muero de ganas de darte un beso”, así, con ese “poderoso” acento argentino que vulnera la voluntad femenina —al menos eso cree Andrea—. Ella no alcanzó a responder porque Daniel la silenció con un beso. Acto seguido, la invitó a su casa a tomar fernet y a pasar la noche juntos. Las ganas de verlo de nuevo la hicieron rechazar la invitación, confiando en que él insistiría para verla otra vez al día siguiente.

“Gente que se cruza para no volverse a ver/ amigos que se alejan y desaparecen/ amores transitorios como el cuarto de un hotel/ y otros que se quedan para siempre/ amores que se quedan para siempre/ ¿Quién busca amores para siempre?”, canta Ariel Rot. La canción del argentino describe la breve historia entre Andrea y Daniel.

Es un miércoles de febrero. Son las 15:00. Andrea entra al departamento de Daniel, en el centro de Quito. Él trabaja en un hostal de la ciudad pero no sabe hasta cuándo se queda. Llegó de Buenos Aires, es un trotamundos. Su misión en la vida es viajar y disfrutar de lo que el azar tenga para darle. Ambos comparten la pasión por recorrer el mundo y tienen a Julio Cortázar como escritor de cabecera. Con una línea del Cronopio se cuenta el final de este relato: “Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son” (Amor 77).

Andrea y Daniel no se vieron más.

 

***

Tinder nació en agosto de 2012 como una aplicación geosocial —que permite interactuar según la ubicación de sus usuarios— en la Universidad del Sur de California. Su interfaz muestra sucesivamente perfiles de potenciales amigos, amantes, parejas. Para usarla es preciso contar con un teléfono inteligente con sistema operativo iOS o Android y una cuenta en Facebook, pues de ahí se desprenden las fotos y la red de contactos. Para empezar a jugar se desliza el dedo por la pantalla del equipo, a la derecha para mostrar interés y a la izquierda lo contrario. Todo funciona anónimamente, hasta que ambas personas están interesadas. En ese momento una notificación indica que el primer contacto, la mensajería o el chat, es posible.

Disponible en 24 idiomas, Tinder es un éxito a escala mundial. Cuenta con más de 50 millones de usuarios y en 2014 fue nominada a la App del Año en los Premios Enter.Co. No hay estadística particular de su incidencia en Ecuador, pero sí datos globales que perfilan al usuario de esta red. Según una encuesta de Global Web Index (GMI) realizada con 47.000 personas, el 54% de quienes están en Tinder son solteras y solteros, 42% ya tiene una pareja y busca cambiar de relación y el 3% son divorciadas, divorciados, viudas o viudos. La mayoría, 62%, son mujeres. La mayor parte tiene entre 25 y 34 años, y a través de esta app se producen cerca de 14 millones de encuentros cada 24 horas.

Un artículo de The New York Times publicado en julio revela las diez ciudades con “mayor éxito” entre los usuarios de Tinder. Quito no consta en la lista liderada por Londres, París, Nueva York, Berlín, Moscú, Estocolmo, Río de Janeiro, Sídney, Barcelona y Buenos Aires. Justo ahí, la capital porteña, es el escenario de un relato protagonizado por un quiteño.

 

***

Otoño de 2014. Adrián, quiteño de 24 años y residente en Buenos Aires, usa Tinder por primera vez. La aplicación serviría para intentar resolver un conflicto que no encontraba otra salida: ser gay y estar en el clóset. Descarga la aplicación por recomendación de terceros y aparece su primer match: un argentino. Durante la conversación Adrián no le contó a Gastón del proceso que vivía, no dijo que nunca había siquiera besado a otro hombre. En realidad, Adrián no tenía idea de la dinámica de la red hasta su primera cita.

tinder-3Es un jueves de abril. Son las 19:00, es otoño y los rayos del sol todavía alumbran la Ciudad de la Furia. Adrián (24) y Gastón (34) se encuentran en la intersección de las calles Juramento y Cabildo, en pleno barrio de Belgrano. Luego de una semana intercambiando mensajes de texto y noches de paranoia aguda, el quiteño enfrentó su primer shock: el tipo era el de las fotos, pero, no se veía tan bien… En Tinder es fácil hacerse un ideal de la persona en cuestión, construir personajes que, en la vida real, no existen tal como los imaginamos. Adrián no podía hablar, no tenía saliva y temblaba. Era la primera vez en su vida que tenía una cita con un chico y, además, un total desconocido.

En la casa de Gastón, sentados en el sillón, la conversa fluye y, de repente, el argentino ataca a Adrián con un intento de beso. “¿Qué te pasa?”, fue lo primero que el quiteño pronunció; entonces se hizo el loco y saltó a la cocina, su lugar de confianza. Prepara un rissotto mientras cierne la adrenalina que recorre todo su cuerpo. Sus pupilas verdes se funden con la cebolla mientras licua en su cabeza todas las posibles escapatorias. Su incomodidad es evidente. “¿Che, por qué no me querés dar ni un beso?”, pregunta Gastón consternado. Adrián lo mira y responde: “Nunca he besado a un hombre”. Gastón palideció ante la confesión: era su primera vez en la red social. “Sabes qué, replicó Gastón, agradece que esto te pasó conmigo. Si era otra persona, hubiese esperado que cojas, tené cuidado”, le advirtió. Gastón fue la primera persona a quien Adrián le dijo, abiertamente, quién era. Nunca más supo de él.

La idea de ser secuestrado, violado o agredido hizo que Adrián cerrara su cuenta, hasta julio de 2014 cuando su vida dio otro giro a través de la red social. Julio es sinónimo de invierno en Buenos Aires. A través de esa estación, el muchacho volvió a Tinder. Otra vez en las rieles de la duda, hizo match con un tipo de Brasil que estaba en Argentina de vacaciones, con su pareja. La propuesta: una aventura. “¡Qué te pasa, desubicado!”, fue su reacción. El brasileño explicó que también buscaban amistades. El siguiente paso: un café.

Es un miércoles de julio. Adrián, Joao y Renato están sentados a la mesa de Josephina’s Café, en el céntrico barrio de Recoleta. Adrián escogió un lugar lleno de luces, gente, por si su pesadilla se hacía realidad. Otra vez, ataque de nervios y ansiedad. Adrián tiembla mientras sujeta la taza del café, al mismo tiempo que Joao y Renato se miran entre sí absolutamente preocupados. “No sé qué hago aquí, ni qué va a pasar, pero necesito conversar con alguien”, dice Adrián. “Tranquilo, relájate, confía en nosotros”, responden ellos. Y hablan sobre cómo salir del clóset, sobre su relación de 14 años y su matrimonio. Crearon un grupo de WhatsApp para los tres y se convirtieron en los padrinos de Adrián, lo adoptaron simbólicamente y aportaron en su proceso de aceptación. Se convirtieron en amigos y no hubo sexo de por medio.

Entre idas y venidas llegó el otoño de nuevo a Buenos Aires. Es un martes de mayo, 11 de la mañana y Tinder anuncia un nuevo match. Todo un día al teléfono hasta que Sergio invita a Adrián a un trago.

Martes de mayo, 23:00. Adrián y Sergio en el micromundo del Nicky Harrison, de Palermo SoHo. En medio del speakeasy más exclusivo y enigmático de Buenos Aires, donde solo se ingresa con membresía y está prohibido hacer fotos, empezó una rutina que duró casi tres meses: salir, coger y despedirse. Que el amor es eterno mientras dura, ya escribió Sabina…

 

***

Febrero de 2014. Jessica, 33 años, está soltera desde hace algún tiempo, algunos años. Su vida transcurre entre el trabajo, la maestría y la familia. Tinder reactivó su vida social. En poco más de una semana conoció a prospectos de España, Venezuela y Ecuador. La red social es eso, una ruleta que dispara y solo el tiempo dirá si el dardo pegó centro o no.

tinder-2Lunes de febrero, 17:00. Jessica y José quedan de tomar un café y comer un postre en una cafetería en la zona norte de Quito, Amazonas y Pereira, específicamente. Ahí el tráfico vehicular y los oficinistas hacen las veces de testigos y guardias de seguridad de un par de perfectos desconocidos. José fue el primer ligue de la ambateña. Él: español, ingeniero civil, soltero desesperado. Durante una hora de conversa decidió que quería hijos con ella, aunque desde su perspectiva las ecuatorianas son mojigatas, giles y maltratadoras. Primera cita fallida, pero Jessica siguió participando.

Jueves de febrero, 17:00. Jessica e Ignacio quedan de tomar café en la misma cafetería en donde hace unos días coincidió con el españolete. Ignacio es venezolano y acaba de llegar a Ecuador en busca de días mejores y, de paso, un vacilón. Ignacio no es el de la foto. Bueno sí, pero la foto de su perfil debe ser de cuando tendría unos 18 años. Ahora, de 34, poco queda de su esbelta figura. Decepción. Luego del café y antes de despedirse, intentó conseguir un beso, pero no. Jessica agota casi todos sus dardos. Le queda uno, Pablo.

Pablo es quiteño, está divorciado, tiene una hija. Un like en Tinder cruzó su camino con el de Jessica, poco antes de que se diera por vencida.

Miércoles de febrero, 19:00. Jessica espera en la esquina de las calles Tomás de Berlanga y Amazonas, en el norte de la capital. Espera en una panadería. Pablo quedó en pasar por ella. Irán a un karaoke. Buen plan. Jessica canta, canta muy bien, punto para él.

Oscurece en Quito. Una camioneta negra se detiene junto a ella. Al volante está un tipo bien encarado, viste una chompa negra. Algo de miedo se activa dentro de ella. Pero no importa, la mirada tierna de Pablo transmite confianza. Jessica entra al auto. Conversan. Clic. Llegan al karaoke, cantan, toman algo, clic. Un poema, vino después, días después. Llamadas, salidas. Besos… Casi nadie sabe que Tinder hizo las veces de Cupido. Un año y medio después siguen cantando, juntos. El amor después del amor, tal vez.

Descargue Tinder aquí