Homenaje: Juan Gabriel, el que no cae resbala … ¡Caray!

8 octubre, 2016
Homenaje: Juan Gabriel, el que no cae resbala … ¡Caray!

 Soho Octubre / 160

En su visita a Quito (1995) el gran Juan Gabriel conversó durante 58 minutos con nuestro cronista. El charro alfa revela su personalidad y sorprende con su honesta filosofía de vida. Abordaron el tema de la sexualidad del cantante. Y los dos quedaron noqueados…

 

Por Esteban Michelena

Fotografía: Getty Images

 

La noche anterior, Juan Gabriel había repletado el coliseo Rumiñahui: todo el anillo, desde las gradas que dan a la cancha hasta la última de las superiores, más de 12 mil personas. Afuera, el relajo: un trancón de autos iba desde el puente de El Guambra hasta el portón del parqueadero, y otro desde las calles Madrid y Toledo hasta los accesos laterales.

Su concierto fue de casi tres horas. Con voz cristalina y abundante como un manantial y en buen estado físico, lució un inusual serio terno oscuro, aunque también vistió de charro; colorido y a su manera. Alternó los formatos de orquesta, banda de pop y mariachi; con 27 músicos en escena. El show transitó por letras, arreglos e interpretación melodramática, donde Juan Gabriel pasó del borde del llanto a celebrados coqueteos, todos seguidos por un público incondicional.

Piero de Benedectis llegó a medio concierto y quedó asombrado por la conexión del mexicano con un público de besos volados, llorón y bailarín. Aquí el que no cae resbala. De pronto, el macizo responsable de seguridad bailaba El Noa Noa, con su manota de estibador quebrada en la cintura y más de uno jugaba a corista en bombas lacrimógenas como Amor eterno, que esa noche —como lo hiciera en su memorable primer recital del Teatro Bellas Artes— dedicó a las mamitas que estaban en general alta.

Sábado. Son las 10:00 y espero a Juan Gabriel en la suite presidencial del Crowne Plaza Hotel. Aparece en blusón verde y una bata de dormir café. Puntual y relajado, se nota que ha dormido bien; es muy elocuente en sus respuestas y generoso con su tiempo: 58 minutos para la música, su infancia, su filosofía e intimidades.

Sí señor. Juanga fue amanerado en escena y también en la larga balada de su vida. Su voz es suavecita, un tantito aflautada, y sus gestos, graciosos y subrayados. Empezó ordenando una fuente de frutas y con consejos sobre la alimentación verde.

 

SOLOS, CARA A CARA

Tras incendiarse la chacra familiar, el arriero Gabriel Aguilera perdió la cordura. Dicen que murió quemado, que cayó al río, que se volvió loco. Lo cierto es que desapareció. En su casita de adobe, sentada sobre el piso de tierra, Victoria Valadez, su mujer, llora en silencio la tragedia. Alberto, el último de sus diez hijos, se alimenta de su pecho. Un coctel desolado: leche y lágrimas.

Nació Juan Gabriel en Parácuaro, Michoacán, un enero 7 de 1950. Huérfano, hambriento y “pelado”; el escuincle pudo haber sido un anónimo más, un delincuente o un espalda mojada abatido en la frontera. Pero tuvo un sueño y el coraje para su larga construcción, culminada el pasado domingo 28 de agosto, en Santa Mónica-Los Ángeles, California. Se fue, iniciando su gira MéXXIco es todo, cantando y bailando. Y con las lentejuelas puestas.

Uno de los discos más bellos de Juan Gabriel es El México que se nos fue, una recopilación de temas folclóricos y donde con un notorio amor a su tierra logra interpretaciones bellas y conmovedoras: las letras pasan por ese vínculo del campesino con su paisaje, con sus borracheras, sus desarraigos, amores y pobrezas.

La estrella tenía preocupación por la desaparición de intérpretes y compositores de ese rubro. “Me preocupa en tanto representa un lenguaje para el sentir y decir de los pueblos, es un espacio donde late nuestra identidad. Es la conservación de la memoria de los pueblos y ni tanto de su historia, que depende de quien la escriba”.

Juan habla con sólidos argumentos y expone su conocimiento y criterios. Otros tres discos folclóricos en marcha. Había terminado El mariachi de mi tierra, una investigación sobre los pioneros; escribía otro para Rocío Durcal, y un tercero, donde iba a juntar voces como las de Plácido Domingo y Linda Rondstand, entre otros.

Un ganador de la industria musical, no por ese estatus dejó de ser crítico ante la frivolidad de sus estrellas de verano. “La mujer es para verla, para sentirla, para tocarla. Lo malo es cuando todo se reduce a eso, a una belleza. Jamás puede faltar la honestidad, una estética, una verdad”.

El concierto de Quito fue parte de sus celebraciones por sus 25 años de carrera, cuando ya era objeto de la idolatría de su pueblo y el respeto de sus élites, incluidos presidentes y escritores mexicanos, como el propio Carlos Monsiváis, quien advirtió de su rotunda consagración. “Una cosa es que yo sea Juan Gabriel y otra que me lo crea. No tengo la belleza, el talento y juventud de Luis Miguel, pero tengo mis canciones. Muchos caen tan rápido como llegan porque pierden la humildad”.

Por cierto, ¿qué es de Luis Miguel? Y el astro de Juárez habló incluso de Michael Jackson. “No debe tenerse mucho cariño por todos los cambios que se hace para dejar de ser negro, una raza tan musical y perfecta”.

 

LA TRISTEZA ES VECINA DE LA MUERTE

Juan Gabriel crece ante mis ojos. No evade preguntas con cierto toque político. Y se pronuncia sobre las migraciones de campesinos y el sueño de cruzar la frontera. Fue a propósito de su disco El México que se nos fue, donde también se consagra al folclor de su tierra.

“Tristeza es lo que siento. Y esa palabra es vecina de la muerte. Los intereses mundiales impiden que los campesinos sean, que sigan siendo, que vayan siendo. No olvide que yo fui, que soy uno de ellos. No les dejan sembrar, les quitan las tierras. Sé que una canción no resuelve ningún problema, pero cuidado: hay algo que está ahí, latente”.

Pues Juan Gabriel se refería nada menos que a Chiapas y los zapatistas. “El dinero no se reparte equitativamente, como debe ser. No estoy con las guerrillas, pues debemos vivir en santa paz. Pero si se estudia a Pancho Villa y Emiliano Zapata, uno se vuelve un poco de ellos. Qué bueno que haya quien defienda sus ideales, pero qué malo que para ello tengan que matar”.

Y comparte su propuesta. “Trascender, ir más allá, volver a las raíces. En la escuela se enseña todo, menos la relación que hay que tener con la tierra, con el sol, con el que vive al lado. Estamos muy lejos de la madre tierra, de la trascendencia, la solidaridad y la armonía”.

Juan Gabriel está encantado. Conversa animado, jugando con sus dedos, se lleva las dos manos a la cara; se asusta, ríe, aprueba, piensa; actúa sus palabras. “El mundo vive una mentira universal, la gente quiere tener, no ser. Y caemos en el juego de los grandes intereses. La gente come carnes muertas, cosas enlatadas y cuando nos da cáncer nos tratan con quimioterapia. Ignoramos la sabiduría de los viejos”.

El charro alfa es vegetariano. “Y le digo que cuando uno lleva una vida sana, tomarse los propios orines es la mejor prevención contra cientos de males. No se espante, hijo, eso lo hizo mi abuelo, pero no le va decir un médico convencional. A ellos no les interesa que la gente acceda a información alternativa. ¿Cuánto vende la industria farmacéutica? ¡Ah! ¿Ya ve cómo estamos con los grandes intereses?”.

Juan Gabriel aprovecha para compartir sus convicciones. “Quien no se alimenta bien carece de buenos sentimientos e ideas; tampoco tendrá buenos actos y se vuelve un peligro, pues lo que le falta intentará arrebatárselo a los otros. El hombre es lo que hace y lo que sabe. Vea que hay multimillonarios de los que se acuerda su familia; pero a Mozart y José Alfredo Jiménez, mire no más, les recuerda todo el mundo”.

 

EL SEÑOR SOL EN PIJAMAS

Con sobrio movimiento de manos, la estrella instruye a su mánager que la entrevista sigue. Voy metiéndome más en el alma de este genial señor, tan auténtico e intuitivo. Ahora toco su religiosidad y su fe. “Hay que creer primero en uno para luego amar y dignificar a Dios. El lío es que las religiones enseñan temor y no amor por Dios. ¿De qué me sirve dejarle flores a la Virgen de Guadalupe si miro a un niño que se muere de hambre y hago el que no veo? Hay que dignificar a Dios con obras, aquí y ahora”.

Y el señor sol es de los que hacen. En Juárez mantuvo un albergue para 150 niños campesinos que “aprenden música, comen y crecen con salud y dignidad”. Y dice que su acción social no es compensar lo que él mismo no tuvo jamás. “Veo a Dios en los ojos de los niños, en la inocencia y amor que irradian. A los niños hay que construirlos entre los tres y siete años. Pero los niños crecen sin amor y luego queremos buenos ciudadanos, mire no más”.

Armonía. Una palabra a la que el compositor de 1.500 temas acude con frecuencia. Incluso para contar como es que se pone pijamas y se va a dormir. “Al final del día llegamos los tres: el que está dentro, el que canta y el que duerme en pijamas, en perfecta armonía. Y dice uno: no caeré en las garras de los grandes intereses. Al contrario, si alguien me necesita, estaré con él antes de que me lo pida. Dios mío, naturaleza, música: denme la fuerza para seguir siendo”.

Quien pensó que Juan Gabriel es lo que escribe la farándula, y chismean los corrillos de vagos, está lejos de su ser. Su sueño no pasaba por un Grammy o comprarse una mansión. Su cabeza estaba en temas más trascendentes, como él repite con insistencia. “Sueño en seguir tocando vidas para bien. Y así me mantengo en un mundo material, usando mi dinero para cambiarlo con servicio a la comunidad”.

Sensible, artista y compositor a día completo, reconoce que algunas de sus letras son de una tristeza abrumadora. “Pero también lloro de alegría, ante una ocurrencia. Y sí, a veces siento nostalgia del campo. Triste estuve cuando murió mamita y le escribí su despedida”, dice sobre la letal Amor eterno, alumbrada en 1974.  Luego revela que compone en solitario, que imagina sus canciones y que su proceso no es tan largo ni tedioso. “La soledad es un camino para saber. En soledad se piensa, se está con uno mismo y cerca de Dios”.

 

JUANGA INTIMUS

Juan Gabriel va pintando su retrato. Y aparece un hombre súper sensible, desprotegido, sincero, de profundos valores humanos, generoso con su arte y su fortuna. Para esos años noventa, todo el mundo cuchicheaba sobre su sexualidad. Que es marica, que no es marica; que es amanerado pero no marica. Chorros de tinta y papel, horas de televisión al aire. Los críticos especulaban en que su puesta en escena era otro recurso para encantar a su público y dar de tragar a la farándula; mientras se volvía un ícono popular.

Durante la entrevista, el genial compositor fue muy generoso y atento. Invadir su yo íntimo resultaba descortés, injusto, cruel. Ir de frente con la pregunta del millón me puso —por vez primera— en un conflicto ético. Preguntarle si era gay me obligó a tragar saliva, a apretar el esfero.

—Con todo respeto, quiero su versión sobre lo que se especula de usted…

—Quién, qué es lo que se especula. Dígalo, hombre.

—Que usted es gay, Juan…

Lancé la pregunta y me dio bajón. Juan la recibió con pesar. Guardó silencio, unos instantes, recuerdo. También ese brillo conmovedor que, de pronto, bañó su mirada. Clava sus ojos en los míos. ¿Qué diablos hice, mierda?  ¡Yo ya lloraba!

“Aquí hay dos partes. Una prensa mediocre que explota un morbo para vender periódicos. Y la otra: yo puedo ser lo que quiera, porque es mi vida, es mi mundo. A nadie me lo voy a llevar al infierno, pero sí le voy a compartir mi gloria que levanté a pesar de haber partido del infierno. La gloria de hacerlo feliz a usted y a 40 mil personas en cuanto decida cantar, fíjese no más”.

Juan enfrentó el tema. Noté que le costaba. Poco a poco, se decantaba en su verdad. “Fíjese que no hay nadie a quien no se le caiga una pluma, por más vestido de charro que salga. No es esto una disculpa. Soy lo que quiero ser, lo decidí de niño. Así he querido ser y he llegado a ser quien soy, que para nada es poco”.

Me dio vergüenza hurgar su profunda intimidad. Un señor tan bueno, un genio humilde. Juan —en esos eternos tres, cuatro minutos— dejó ver su propia tristeza, su dolor e indignación. “El mundo verá la gloria cuando cada uno de nosotros lo construyamos desde donde Dios nos puso. Pero no, todos quieren hacer el infierno del otro. Además, no está tan mal a donde yo he llegado, para haberme criado tan solito, sin papá, sin mamá, sin abuelitos, sin piñatas, sin circo, sin tortas. Y para los que piensan de esa forma clarito les digo que, gracias a la música y a la vida, yo no soy peor. Vivo en paz conmigo mismo, quizá mucho más en paz que los que hablan de mí”.

Tras estas palabras, su mánager cortó la entrevista. A mí me sudaban las manos. Ahora, una de sus asistentes le masajea y le calza. La delegación tenía que volar al aeropuerto. Acompaño a Juan hasta la planta baja. Al despedirse, lo hace con una sentencia. “Confío en usted. Pero si esta sinceridad de corazón con que hemos platicado, usted la usara para hacerme daño, usted sufrirá antes que yo. La vida y el mundo son causa y efecto. Y el que la hace la paga”.

Volví a tragar saliva. Nunca lo olvidé. Una llovizna caía apenas sobre Quito. El jeep que traslada a Juan al aeropuerto arrancó despacio. Tras los cristales, un Juan Gabriel ensimismado se despide con la mano. ¡Un trago, carajo, un trago!