Contacto: El Blues de Billy Branch

11 noviembre, 2016
Contacto: El Blues de Billy Branch

 

 

Es depositario del carácter y espíritu del blues. Armónica y locomotora de esa máquina que es su banda, dice que a los afroamericanos no les interesa el blues. Pero que, sin esa apasionada mezcla de melancolía y cabreo, ni siquiera Elvis Presley podría decir presente.

 

Por Esteban Michelena

Fotos: Luis Mariño

 

La primera noche, lo escuché de lejos, como a una media cuadra de la tarima instalada por el Quito Blues Festival, en la Plaza Foch. Ahí lo miré, agazapado con su armónica, acompañado por bajo, guitarra, teclados y batería; una máquina. “Después de la voz, la armónica es lo más directo, lo más personal para hacer la música”. Siempre que escucho blues, imagino poderosos trenes pasando cerca. Billy Branch es la locomotora en The Sons of Blues, su espléndida banda que lidera desde 1970 y lo acompañó en su aclamada parada en la estación de Quito.

Dignísimo depositario del carácter y esencia del blues, esa mezcla explosiva de cabreo y melancolía, Billy nació en Chicago, un octubre 3 de 1951. Y creció bebiendo de fuentes todopoderosas como Willie Dixon, Big Walter Horton, Johnny Winter, Lou Rawls, Muddy Waters, Junior Wells, entre otros. “Tengo el privilegio y orgullo de haber aprendido de los maestros”.

A sus 18 años, un agosto de 1969 oyó a Willie Dixon en vivo y entregó su alma al blues. Un año más tarde, se graduó con honores: reemplazó a un legendario, Carey Bell, en la Chicago Blues All Stars, la banda de su ídolo. Hoy da pelea desde los escenarios del mundo. “Mantengo el espíritu original de nuestra música, es nuestro ser”.

Invitado a festivales de trascendencia mundial, como el de Montreaux, la embajada estadounidense nos lo puso free y a tiro de cámara en Quito, un privilegio al que respondió una eufórica comunidad blusera ecuatoriana. No muchos, pero bien locos. “Me gusta América Latina, el público es muy divertido, muy vivo y auténtico”.

Y si bien no conoce sobre los sonidos de estos barrios, sí ha trabajado para crear, desde la música, puentes para fomentar el mutuo conocimiento de las comunidades. “Lo hice con el Sones de México Ensamble”, dice sobre un experimento en Chicago donde relacionó el blues y los sones mexicanos. “Entre la música afroamericana y otras del mundo, hay una raíz común: la madre es África”.

Luciendo un sombrero de paja que otorga misterio a sus ojos claros, metidos en un bar de la plaza, Billy subraya sus verdades sobre el blues. “No hay, no le importa a la industria; no le siguen los medios, no genera fortunas”. Pero no se lamenta, trabaja duro. “Desde 1978 difundo y enseño el blues con talleres para niños. Lo hice en México, en Canadá, Japón”. Y es reconocido: en Google hay aproximadamente 10’900.000 sitios relacionados a su persona, estudió en la Universidad de Illinois, tiene 45 años en escena, 70 giras, 12 discos, 150 temas, tres nominaciones a los Grammy y es fundador del comité de ese premio para el rubro.

La pelea está planteada, en cancha inclinada. “Los afros norteamericanos no tienen un gran interés en el blues. La más dura razón es que está asociado a historias de mucho dolor, a la esclavitud, a las matanzas en el Mississippi, en Alabama. El afro no quiere recordar, no quiere ese viaje. Es irónico, pero el público del blues es blanco. Y la mayoría de quienes lo tocan hoy… ¡también es blanco!”.

Billy se anima en la conversación. Y dispara. “Todo el rock británico al lado del blues es poco. Nada existiría sin blues, tampoco el rock norteamericano. Ni los Rolling Stones, los Beatles, Eric Clapton, Janis Joplin, Jimmy Hendrix. Do you understand, man?”, dice, ronco y enfático. “Ni siquiera debes entender la letra, puedes sentirlo. Como la noche de hoy y la de ayer. ¡Tú llegaste a las dos, tú lo viste!”, sonríe. Al citar a Miles Davis, es claro: “un genio”. Al final, le pregunto por BB King y Billy saca el corazón del acelerador, baja las revoluciones y, relajado, conduce por la dulzura. “El gran embajador, la elegancia, el señor”.

La noche es ventosa y fría. Billy accede a asistir a la fiesta con que Pato Recalde y los organizadores celebran una nueva edición del festival. El antro asignado es poderoso: Ventana arriba, en la casona que fuera del pintor Ramiro Jácome. Luiggi Stornaiolo, Juan Terneus, Jaime Guevara, Mao Vásquez, José Ormaza, entre otros artistas reconocidos, departen a gritos y cerveza en mano.

La mesa destinada a los músicos está frente a un estrecho escenario, donde, a no más de dos metros, bluseros aficionados descargan ante el maestro. Pero el estruendo no aplaca la ironía. Al fondo, un mural muestra un grupo de coloridos encapuchados que pasan por cucuruchos, pero que también parecen esos cerdos asesinos del Ku Klux Klan. Billy lo contempla, entre sorprendido y absorto. ¡Y se despacha un canelazo doble!