Raúl Zurita o la poesía que camina hacia el mar

11 noviembre, 2016
Raúl Zurita o la poesía que camina hacia el mar

Esta entrevista pudo no haberse publicado nunca. Pocos meses atrás, el poeta chileno Raúl Zurita ganó el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. El año pasado, nos visitó a propósito de la Feria del Libro en Quito y realizó una entrevista con el periodista Miguel Molina. A sus 66 años, las palabras de Zurita son apenas audibles y comunicarse con él es casi una proeza.

 

Por Miguel Molina Díaz

 

Dos recuerdos esenciales sostienen su memoria como dos columnas. El amor, es decir la imagen de su abuela Veli, de origen italiano, describiéndole il mare. Y el horror, cuando sintió los pedruscos del suelo enterrándose en su cara y, segundos después, los tacones de un militar golpeándolo, durante un triste día de septiembre de 1973. A partir de esas experiencias extremas de su vida, Raúl Zurita descubrió que el arte es el intento más desesperado por dar a los hechos la compasión y profundidad que los hechos en sí no tienen.

Su voz es casi ilegible, no alcanzo a comprender sus palabras. Lo abordo en la Feria del Libro de Quito, en noviembre de 2015. Me siento junto a él, en un auditorio de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Después de esta entrevista revisaré por meses la grabación y con el tiempo me resignaré a que gran parte de la conversación se haya perdido para siempre o quizá nunca haya sucedido. No debo buscar un significado preciso a los sonidos que no alcanzan a ser palabras. Son simplemente el rumor de una voz que es como el bramido del mar.

—Cada vez me convenzo más de que el problema no es la memoria. Nada se olvida, nada. El problema es el olvido. Uno se acuerda de todo, espantosamente de todo. Y también, de pronto, uno quisiera perdonarse y olvidar.

Esta es una de las pocas frases que alcanzo a rescatar de la grabación y de una tenue y casi imperceptible voz doblegada por su avanzado Parkinson. Esperé durante años esta entrevista cuyas palabras se me pierden en el temblor de su cuerpo. Entonces decido buscar a esos sonidos un sentido poético. Y busco ese sentido en sus poemas y en los paisajes transparentes de su niñez. Abro su libro El día más blanco (Random House, 2015) y veo que solo en la niñez las definiciones nos marcan de forma decisiva: “Entenderé el amor con un respeto y una timidez que jamás lograré superar”.

Zurita piensa que el golpe de Estado contra Salvador Allende fue la pérdida absoluta del amor. Pero, ¿qué es el amor para él? ¿La voz de su abuela hablándole del mar de Italia, del viaje en barco desde Génova a Chile y el relato de cómo había sido el padre del poeta? Tal vez, tal vez algo así es el amor. “La miro —escribe sobre su abuela— y veo su furia, su cara ajada y le digo en silencio que ella fue todo para mí, pero que ya no podré sino hacerla sufrir”.

Desde ese fatídico 11 de septiembre, Zurita entendió que ni la poesía de Neruda ni la de Nicanor Parra podían hacer comprensible el arrasamiento que violentamente emprendía la historia contra el Chile de la Unidad Popular. Supo que había que aprender a hablar de nuevo y después de quemarse la cara —esa fue su forma de protestar— se imaginó poemas en el cielo.

El 2 de junio de 1982 cinco aviones cruzaron el cielo de Nueva York y quienes se encontraban en esos instantes en el barrio de Queens pudieron leer en el firmamento los 15 versos del poema La vida nueva de Zurita: “Mi Dios es hambre/ Mi Dios es nieve/ Mi Dios es pampa/ Mi Dios es No/ Mi Dios es desengaño/ Mi Dios es carroña/ Mi Dios es paraíso/ Mi Dios es chicano/ Mi Dios es cáncer/ Mi Dios es vacío”.

Le pregunto a Zurita, ¿qué es el arrasamiento? Y como si no me hubiera escuchado, dice:

—Bueno, yo tenía 23 años y el golpe tuvo algunas cosas que no se olvidan, porque todo antes eran discursos. La primera pregunta que surge es: ¿qué expresión no lo era? Solo una, la de Salvador Allende. Entonces la lucha fue también por los significados: las playas en Chile, el desembarco de los soldados de la guerra con Perú, las playas de Neruda, de Mistral, de Víctor Jara, de la Violeta Parra, de Nicanor Parra. Era una lucha por los significados. Si tú le preguntas al más iluso de los poetas qué era todo eso, no tiene la menor idea. Te pueden dar las teorías más increíbles. No son las musas, no es Dios.

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El golpe de Estado que sufrió Chile, en 1973 marcó en forma definitiva a Zurita quien, como acto de protesta, se quemó una parte de la cara.

El segundo gran proyecto que Zurita emprendió para curarse, para descender al fondo de sí mismo y encontrarse con sus monstruos, fue la escritura de un verso en la arena del desierto, que era como la piel humana. Corría el año de 1993 y Raúl Zurita se propuso resistir a la desoladora realidad que había padecido y magnetizar un instante de locura y de lucidez. Por eso escribió en el desierto de Atacama el verso: “Ni pena ni miedo”. Eran sus propias líneas de Nazca y también su forma de decirle al mundo que ni la dictadura de Pinochet ni el olvido irresponsable de todo ese horror eran suficientes para destruirlo, porque se había reinventado.

Cuando su abuela Veli tenía desesperados ataques de taquicardia, el niño Raúl Zurita sentía que era menos que un juguete. “Quiero que nos muramos todos juntos y me obsesiono”, escribe al evocar esos días de infancia. Su abuela le acercó al mundo de la poesía, al refugio de la palabra escrita y de las ilusiones. Con marcada entonación italiana, le describía el infierno de Dante Alighieri y la belleza de Beatriz. Ella le hacía los dibujos que él debía presentar como deberes en la escuela. Ella era todo. Pero entre dos personas que se aman, el tiempo establece obstáculos como acantilados rocosos. La fascinación de Raúl Zurita por Allende molestó a su abuela y hubo mucho silencio entre ellos. Luego ella envejeció, olvidó el castellano, se refugió en el genovés y en su senilidad.

Le pregunto si, con el retorno a la democracia, Chile recuperó el amor.

—La sociedad chilena es una sociedad que emergió insolidaria, cruel, arribista, pretenciosa y vulgar. Por supuesto, hay gente maravillosa. La sociedad chilena es… yo puedo entenderla, pero es impresionante.

Las intervenciones poéticas de Zurita no han terminado aún. Todavía quiere seguir ocupando paisajes. Cuando visitó Quito, en la última Feria del Libro, explicó su siguiente proyecto. A Raúl Zurita le molesta no compartir los encendidos atardeceres del Pacífico con los bolivianos. “Verás un mar de piedras”, es el nombre de esta nueva idea. Proyectará 22 versos sobre los acantilados de la costa entre Iquique y Pisagua. Un poema que pueda ser leído en el mar. Il mare.

Le pregunto sobre Nicanor Parra y sobre “La Colorina” Stella Díaz Varín. Logro descifrar que los admira como poetas y me dice algo más que no entiendo. Hablar con Zurita es extraño. Sus silencios dicen tanto como sus palabras e incluso la configuración de su rostro cuenta la historia de su vida. Baudelaire decía que en la evaporación del yo está todo y que no hay límites para la melancolía humana. Zurita piensa que a los humanos lo que nos sostiene es la esperanza de un nuevo día y que la humanidad desaparecería en cinco segundos si un día muriera la poesía: nadie podría vivir cinco segundos sin un sueño.

—¿Qué es para usted la felicidad?

—Para mí la felicidad es estar en paz.

Me pregunto cuánta paz ha tenido Zurita en su vida, en el largo purgatorio. No hace tanto dijo que, si Dios existe, es el más grande hijodeputa del mundo y que los humanos somos una masa de asesinos condenados a construir el paraíso. Pero no todo en él son sombras. También piensa que el último instante de todos los seres humanos es un instante feliz. “Ese último segundo son esos seres que permanecen por amor en la memoria”, me dijo. Su pensamiento, el eje de su poesía, está marcado, sin embargo, por la dualidad entre esos inmensos instantes de amor y felicidad, como por el horror y la desesperación ante el olvido. “La memoria solo puede respondernos a nuestra propia traición, a nuestra infidelidad a ella como si el hecho de recordar ya fuese en sí una mentira, un abandono”, escribió.

En el fondo pienso que Zurita siempre mantuvo la esperanza de que la poesía, es decir, la palabra, podía civilizar la barbarie. Por eso cree que el sueño de un mundo mejor es una fantasía infantil. “Pero la infancia sabe harto”, dice. Así como trabaja con la vida, hace una poética de la muerte. Por eso Patricio Guzmán recurre a él en su documental El botón de nácar (2015), porque hay significados que solo un poeta que nació del arrasamiento puede comprender y explicar.

Es evidente que en la poesía de Zurita el odio y el amor se enfrentan, pero gana el amor. Por eso escribe. Por eso critica despiadadamente al personaje que Roberto Bolaño creó en su novela Estrella distante (1996), un aviador de Pinochet que escribía poemas en el cielo. “El problema es que lo que escribió en el cielo era con odio”, dice. Por el contrario, la poesía de Zurita se escribe, siempre, con la esperanza de que la humanidad merece la pena.

Hay cosas que solo los poetas comprenden, como la fuerza de las imágenes que se nos presentan en la vida. Y algunas de esas imágenes son la paz y tienen la fuerza de descifrar el sentido de la existencia de una persona. Después de una dolorosa distancia de meses, la abuela Veli llegó de improviso a la Universidad Técnica Federico Santa María para buscar a Zurita. Sus compañeros le contaron que la frágil anciana había estado horas sin moverse del patio y sin preguntar nada. Cuando se encontraron, abuela y nieto caminaron hasta la terraza lateral, desde donde se alcanzaban a ver los cerros de Valparaíso y la planicie compacta del Pacífico. Se quedaron ahí, casi sin hablar, con las manos de ella recogidas en las del joven poeta. Il mare, dijo de pronto la abuela. En ese momento, inmenso y significativo, ella no sabía que después de muchos años su nieto sería el poeta Raúl Zurita ni que su poesía buscaría siempre caminar hacia el mar. Hacia el origen mismo de la vida.

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Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950) es uno de los poetas latinoamericanos más representativos del siglo XX. Es autor de Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982), Canto a su amor desaparecido (1985), La nueva vida (1994), INRI (2003) y Zurita (2011). Se casó en tres ocasiones, su segunda esposa fue la prestigiosa novelista Diamela Eltit. Ganó, entre otros, el Premio Nacional de Literatura (Chile, 2000), el Premio José Lezama Lima (Cuba, 2006) y acaba de ganar el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (Chile, 2016).