Rumbo a la UFC

11 noviembre, 2016
Rumbo a la UFC

 

César Paredes ha luchado en casi todas las artes marciales y quiere ser el segundo ecuatoriano en pelear en la UFC, la liga más famosa de MMA. Siente que parte de su poderío está en su barba y esa es la bronca más dura que ahora libra con su esposa.

 

Por Alexis Serrano Carmona

 

Dentro de un rato, como cada noche, el hombre de barba entrará en su casa, saludará a su esposa con un beso e irá a dar una vuelta por las habitaciones de sus dos hijos, que ya estarán dormidos. Luego, seguramente, verán una película. Pero ahora, aún en su gimnasio, el hombre de barba tiene al de pelo largo contra el cuadrilátero. El castigo es descomunal: puñetazos en la cara, rodillazos en el abdomen, patadas en los muslos y las canillas. Los golpes retumban. Unas 20 personas miran expectantes. Uno le grita al de pelo largo: “Vamos, sé que le tienes respeto, pero defiéndete”… A falta de diez segundos, el hombre de barba ataca con más fuerza, un golpe tras otro. Por suerte, esto es solo un entrenamiento: ambos se abrazan, sonríen y se bajan del ring.

El hombre de barba se llama César Paredes. Su hijo Emilio, de cuatro años, suele decirles a sus primos que su papá es el hombre más fuerte del mundo. Pero su estampa no es la de un hombre fornido, digamos, de un fisicoculturista. Todo lo contrario: torso delgado, 1,75 de estatura y piernas más delgadas que el torso. Eso sí, su barba lo acompaña a todos lados como perro faldero.

MMA significa artes marciales mixtas, una suerte de pelea extrema que combina distintas disciplinas sobre el ring; algo que por la rudeza del combate se conocía como ‘vale todo’ y a lo que mucha gente ahora llama simplemente ‘esas peleas en jaula que pasan por televisión’. César Paredes es uno de los mejores peleadores de MMA en el país y quiere convertirse en el segundo ecuatoriano en llegar a la UFC, la liga más famosa; algo así como llegar a un mundial para un jugador de fútbol. En el camino, ha enfrentado a una familia repleta de abogados, arquitectos y empresarios, todos tipos enternados que aún no comprenden cómo él quiere dedicar su vida a luchar.

Se podría creer que es suficiente con practicar un deporte que alguna vez se llamó ‘vale todo’; uno en el que hace poco alguien murió por una pelea que el juez no paró a tiempo; uno donde un luchador subió a redes sociales la foto de su cráneo hundido tras un rodillazo. Pero César Paredes ha cultivado muchas artes de combate. Además de MMA, ha practicado thai boxing, K1, kick boxing, muay thai… Y en la noche de jueves en que me senté en la sala de su casa, estaba emocionado porque se acercaba su primera pelea profesional de box.

“Yo soy un peleador. No le puedo decir que no a una pelea. Si me dicen MMA, acepto; si me dicen kick boxing, acepto… Ahora me está entrenando en box el papá de Maxi James; me preguntó si quería pelear, y le dije que sí”. A sus 23 años, la vida de César Paredes transcurre básicamente entre su familia y las artes marciales. En la muñeca izquierda tiene tatuada una fecha: 02-10-2010. “Es el día en que me comprometí con mi esposa”, me dice y ríe. En su mano izquierda tiene tatuados también unos guantes de box y el nombre de su segundo hijo: Elías, que está por cumplir un año. En la mano derecha, un yunque y el nombre de Emilio, su primer hijo. “Los guantes son porque con eso me gano la vida, para ellos, y el yunque porque así quiero que sean: fuertes”.

 

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Para ser luchador de MMA hay que aprender a aguantar golpes duros. Los deportistas pasan horas golpeando con las canillas los sacos de entrenamiento o a las cabezas de toro: unos cuadrados negros pegados a las paredes con algo que parecen cuernos y sirven para aprender dónde se tiene que golpear al contrincante. “En una pelea, usas mucho las piernas. Al principio chocar canillas con tu oponente te duele un montón, pero luego, con el entrenamiento, es como si se te hiciera un callo y cada vez te duele menos”.

Cada luchador debe dominar al menos dos artes marciales, una de pie, como tae kwon do, kick boxing o muay thai, y otra en el piso, como lucha libre, judo o jiu jitsu. Muchas veces, el pleito termina en el suelo. Las MMA se crearon en Estados Unidos hace 20 años y llegaron en 2008 a Ecuador. Al principio, más como peleas de barrio. Por un tiempo, existió la liga Ecuadorian MMA y hoy proliferan gimnasios y academias profesionales. Pero César Paredes no es optimista respecto a la evolución del deporte en nuestro país. “Puede haber MMA en muchos gimnasios de barrio, pero profesionalmente, en Ecuador, el MMA está muerto”. En Ecuador ya no existe una liga y algunos empresarios hacen peleas esporádicas e informales. Quienes aspiran llegar a combatir de forma profesional deben buscar pleitos en Colombia, Brasil o Estados Unidos.

Paredes se recuerda como un adolescente al que le gustaba estar metido en broncas. Su padre, que era militar, quería que él también se hiciera militar y, como para que le agarrara el gusto, lo inscribió en un curso de box con un subalterno. Eso terminó por alejarlo definitivamente de los uniformes. Luego de entrenar algo de boxeo y mucho de kick boxing en la academia Predador, en Quito, comenzó a practicar MMA. Se fue a entrenar en Brasil con Alex Chadud da Silva, uno de los mejores del mundo, y así llegó a ser el compañero de entrenamiento de Marlon ‘Chito’ Vera, el primer ecuatoriano en pelear en la UFC, también alumno de Predador.

Desde julio de este año, Paredes es parte de un equipo en Estados Unidos llamado MMA Masters. Allá llegó gracias a las recomendaciones de su entrenador y de las peleas que ha hecho fuera del país. Cada vez que quiera, puede viajar a Miami, donde está el centro de entrenamiento, usar todos los equipos y las instalaciones, conocer a algunos de los mejores luchadores, servirles de sparring y esperar su oportunidad: esa pelea que obligue la UFC a poner sus ojos en él.

¿Para qué? Bueno, las cifras hablan por sí solas: por una pelea en Ecuador o en la región, el pago no pasa de 400 dólares; en la UFC, en cambio, Chito Vera cobró unos 8.000 dólares en su última pelea, y eso que perdió. Si ganaba, pudo haber cobrado hasta 16.000 en una noche. Chito Vera es un novato. Un luchador rankeado, como se los conoce, puede llegar a cobrar 120.000 dólares por una pelea en la UFC. Una estrella del deporte coloca algunos millones por noche en su bolsillo. “Pero Chito no está peleando todo el tiempo, las peleas no son seguidas y él no se dedica a nada más. Entonces, esos 8.000 dólares, por más que sean ganados en una sola noche, no te duran para un año entero”, explica Paredes. Por eso, él decidió abrir su propio gimnasio.

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Sobre el ring, el contacto es muy fuerte, cada golpe suena con un eco ensordecedor.

En la planta baja, un pequeño cubículo a manera de administración y, detrás, el inmenso tatami, el área de entrenamiento. El piso está cubierto por delgadas esponjas de colores que se arman como rompecabezas. En una esquina está el ring: nuevecito. En todo el contorno hay 15 sacos para golpear, unos amarillos y otros negros. Sobre el piso descansan diez pares de guantes de pelea y varias manoplas de esas que se pone el maestro para que el alumno golpee. Arriba, en el segundo piso, un gimnasio lleno de pesas y máquinas de fuerza que aún huelen a cuero nuevo.

Acá llega todo tipo de personas: abogados, arquitectos, ingenieros, oficinistas, mayores, jóvenes, niños. Edwin Ernesto Terán, un conocido locutor de radio, suele llevar a su joven esposa y a sus dos hijas para que lo vean mientras se mide a duelo con un puching ball, porque Paredes aún no le deja enfrentar a un rival de carne y hueso. Las niñas esperan el final del entrenamiento para abrazarlo. “Yo vengo, en primer lugar, para moverme un poco —me aclara—; pero también porque tengo una esposa manaba y eso es duro, hay que saber defenderla. Además, para cuando vengan los yernos a querer pedir permiso para salir con las hijas”.

Muchos maestros les dicen a sus alumnos que pelear es siempre la última opción, que entrenan precisamente para no tener que pelear. En algunos gimnasios incluso revisan los nudillos de los estudiantes para verificar que no hayan golpeado a nadie. César Paredes no. Su respuesta es franca: “A veces en la vida te toca pelear y tienes que estar listo”. Me cuenta una anécdota en Latacunga, en la fiesta de graduación de su hermano menor, cuando varios tipos se le acercaron a buscarle pleito y terminó fajándose con todos.

Paredes tiene más de 100 estudiantes. Hay niños que llegaron porque algún compañero los molestaba y sus padres querían que aprendiera a defenderse. Hay otro que ha visto muchas veces cómo su papá le pegaba a su mamá y, luego de algunos entrenamientos, dijo que ya sabía pelear para defenderla. Hay jóvenes que han dejado las drogas gracias a las artes marciales, profesionales que se olvidan del estrés. Incluso Paredes hace cursos vacacionales y beca a los niños que tienen talento y cuyos padres no pueden costear la mensualidad.

“Tengo dos opciones en este momento de mi vida”, me dice. “Que me llamen de la UFC para pelear o que no lo hagan. Pero, si no lo hacen, habré abierto una puerta para otros ecuatorianos y aplicaré en mi gimnasio todo lo que aprenda en Estados Unidos. Este será un trabajo para toda la vida”.

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César Paredes ha enfrentado tres peleas de MMA. La única que perdió, la perdió por KO técnico. El video que se ve en YouTube dura cuatro minutos y 15 segundos. El pleito había sido pactado para tres rounds de cinco minutos y para Paredes había comenzado muy bien. Enfrentaba al colombiano Andrés Ayala, conocido como Doble A, en Barranquilla. Los locutores, todos colombianos, estaban sorprendidos. “Se nota que pega muy duro el ecuatoriano”. El intercambio de golpes fue muy fuerte desde el principio. A los dos minutos Paredes llevaba algo de sangre en el rostro, y Doble A tenía las piernas y los ojos llenos de moretones. Luego de casi cuatro minutos, un descuido. Paredes cayó repentinamente al piso y Doble A le llenó de puñetazos en la cabeza. Paredes logró levantarse algo aturdido, conectó un par de golpes, pero entonces Doble A metió otro puñete en el mentón, y Paredes se volcó contra la jaula y cayó de rodillas. El juez paró la pelea.

Fue en diciembre del año pasado. César Paredes había gastado mucho dinero por la época navideña y, aunque lo invitaron a esa pelea solo con dos semanas de anticipación, aceptó pensando en los 1.500 dólares que le ofrecían por pelear, que hubiesen sido 3.000 si ganaba. “Lo que me falló fue el cardio. Dos semanas es muy poco para llegar a punto para una pelea así”, me dice ahora, en la sala de su casa.

Durante un mes después de esa pelea, vio el video casi todos los días. Y lo ha seguido viendo decenas de veces. “Al verlo, sé que, si me movía un poco a un lado, no pasaba nada”. Esa es una revancha que tiene pendiente. Doble A no ha querido volver a pelear contra él, pero cree que en algún momento aceptará. “Luego de la pelea, él vino y me dijo que nadie le había pegado tan duro. Quiero esa revancha”, me dice y sus ojos se abren como los de un lobo que acecha a su presa.

 

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Los martes son días de pizza. Sobre la mesa de la sala de estar, frente al televisor, están regados dos controles de un Play Station con el que nadie juega. Lo compraron solamente para ver películas. Ven por lo menos cinco a la semana. A Carla Herrera, la esposa de Paredes, le gustan las románticas y las comedias, y a él las de terror y de acción. Cada noche tienen que negociar cuál ver.

El departamento donde viven con sus dos hijos está en el primer piso de un edificio del norte de Quito. En una vitrina del comedor, reposa el primer cinturón de campeón que ganó en kick boxing. César Paredes se considera un hombre de familia. De hecho, por eso no ha pensado en irse a entrenar definitivamente fuera del país, como sí lo han hecho otros peleadores, lo que facilitaría su camino hacia la UFC. Cada vez que ha tenido que viajar por semanas o meses a otra parte, destina sus ahorros a llevar a su familia con él. Por eso su segundo hijo nació en Estados Unidos.

A su hijo mayor, Emilio, el que tiene cuatro años, César Paredes ya le está enseñando a pelear. “Como un juego, nada serio todavía”. Lo suele llevar al gimnasio y ahí le va enseñando cómo pegar y él se bota al piso como si hubiese sido un golpe letal. El otro día, César recibió una llamada de la directora de la escuela de Emilio. Le contó que un niño estaba molestando mucho a su hijo y que él se defendió: “No me llamó sorprendida por el hecho de que se haya defendido, sino por la forma en la que se defendió. Le había caído con patadas y todo, como yo le enseño. Primero tuve que sentarme una media hora con la profesora para explicarle qué son las artes marciales y cómo pienso que le van a ayudar a mi hijo. Luego, hablé con Emilio y le dije que solo puede pelear así cuando esté puesto los guantes y en el gimnasio. Por suerte, no hubo ningún reclamo de parte de los padres del otro niño”.

secundaria-mma—¿Tienes miedo de que alguna vez César aparezca con la pierna lesionada o el cráneo hundido, como se ve en las redes sociales?

—No. Jamás me he puesto siquiera a pensar en eso. Siempre me digo que él es muy bueno en lo que hace y que no le va a pasar nada. A mí me gusta que pelee, siempre me gustó.

—¿Y si tus hijos te dicen que quieren ser peleadores?

—Los apoyaremos en todo lo que quieran ser.

“De ley les va a gustar pelear”, interrumpe César Paredes. “Yo ahora no les dejo ver el canal de la UFC, pero ellos siempre les están mostrando a sus primos los videos de mis peleas. Por eso quiero seguir siendo fuerte, para que cuando yo tenga 40 años y ellos 20, podamos seguir peleando y les pueda seguir ‘maceteando’”… Suelta una fuerte carcajada.

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Aquello de ‘el hombre de barba’ a César Paredes le va perfecto. Se la dejó crecer porque sentía que sus contrincantes pensaban antes que era “un guambra cualquiera” y ahora cree que, si se afeita, se irá una parte de sí mismo. Esa es una pelea que aún está tratando de ganar, pero a su esposa. Una de las mañanas en las que fui a su gimnasio, Paredes conversaba con Gaby J, otra locutora de radio que suele ir por ahí. Él le contaba que su esposa le pide insistentemente que se afeite. “¡Noooo!”, le respondió ella a grito pelado. “Sin barba ya no te tengo miedo”.

Por unos días, parecía que la joven esposa ganaba esta batalla. “Yo siempre lo conocí con la cara limpia —me dice ella—. Y esa barba tan crecida no me gusta (risas). Yo le venía diciendo que a nuestro hijo pequeño le estaba molestando la barba cada vez que César se le acercaba, y una vez se metió al baño y salió ya sin barba”.

Pero fue solo por unos días. César Paredes se la dejó crecer nuevamente. Y ahí se encuentra ahora: esperando su oportunidad, la pelea que lo lleve a las grandes ligas, mientras su esposa, vencida ya, lo ayuda a buscar en Internet productos para el cuidado de su barba.