¿Y dónde está el tesoro?

23 noviembre, 2016
¿Y dónde está el tesoro?

 

¿Eres de los que estudió en la escuela que la fortuna de Atahualpa sigue oculta en algún lugar del Ecuador? Si se ha planteado una carrera como expedicionario en busca del tesoro, debería replanteárselo. Historiadores creen que no existe.

 

Por Irene Larraz

 

Cuando los españoles sentenciaron a muerte a Atahualpa, en 1533, lo acusaron de herejía, idolatría, fratricidio, traición, poligamia, conspiración y —el delito mayor— de ocultar un tesoro. Suena a rabieta, ¿no? Lo cierto es que ni los españoles ni las más de 80 expediciones del último siglo pudieron probar ese cargo.

Las ilustraciones muestran a Atahualpa como si fuera el rapero de la época, cargado de joyas y abalorios. No es para menos: el inca había pagado 1’014.126 pesos de oro y 40.860 marcos de plata por su rescate, presumiendo que podía pagar mucho más y sin siquiera entender por qué los conquistadores daban tanto valor a ese metal. Eso les hizo creer que el tesoro aún escondido debía ser mucho mayor. Pero no nos engañemos: también creían que habían llegado a las Indias…

La avaricia y la imaginación han hecho el resto para magnificar la leyenda. La versión más extendida cuenta que, cuando el cacique Rumiñahui se enteró de que Pizarro había roto su promesa y había ajusticiado a Atahualpa, escondió el tesoro en los Llanganates, una zona inhóspita e inexplorada de páramos y picos montañosos. El Derrotero de Valverde, escrito por un español que se hizo rico y supuestamente compartió el mapa del tesoro con el rey, señala una ruta que no se corresponde con la realidad, pero que para muchos ha sido “evidencia irrefutable” de que el tesoro estaba allí, como escribió Richard Spruce, el afamado botánico inglés que cumplía una misión oficial del Gobierno británico en Ecuador.

El historiador Fernando Jurado no opina igual: “El primer mito es que iban muchas cargas en camino a Cajamarca para salvar a Atahualpa. Es muy dudoso que los caciques de Quito quisieran enviar su parte de los tesoros. Cuando mataron a Atahualpa Quito estaba en guerra; ¿cómo se van a ir a esconder el tesoro? Y hasta los Llanganates… Si hoy es casi algo imposible, imagínese en esa época… Y además, eso es absurdo. La búsqueda de un tesoro no se protocoliza, ¿quién va a dejar un mapa?”, pregunta. “A mí me han llegado a decir: ‘Estoy al borde de dar una gran noticia’, pero no es más que una mezcla del fantasma de Don Quijote con el conquistador del siglo XVI”.

Si se queda con las dudas, la empresa Ecosportour ofrece un recorrido por los Llanganates siguiendo el Derrotero por 170 dólares.

Hay una leyenda alternativa en la que el indígena Cantuña sobrevive a un incendio y un español lo acoge como siervo. Cuando el español se queda en la bancarrota, Cantuña empieza a sacar piezas de oro del tesoro que estaba escondido en Quito, y como nadie sabe de dónde viene ese dinero, la gente comienza a sospechar que el indígena ha hecho un pacto con el diablo, cuenta Alfonso Ortiz, el cronista de Quito.

Jurado aterriza la historieta: Cantuña existió, pero 150 años después de lo que se cree. En los archivos de la ciudad hay tres testamentos de 1680, en los que figuran varias tiendas a nombre de Francisco Cantuña en la calle Cuenca, donde estaba el palacio del inca Huayna Capac, padre de Atahualpa. “Seguramente, Rumiñahui escondió los tesoros en la quebrada que pasaba por debajo del palacio, y en algún momento, con los temblores, cedió el piso de las tiendas de Cantuña y el hombre se encontró bañado en el oro de Atahualpa”, dice el historiador.

Tal vez el de Atahualpa no es el rescate más caro de la historia. Lo que es casi seguro es que Cantuña protagonizó uno de los mayores lavados de dinero: donó un retablo y otros objetos de plata a los franciscanos, que llegaron a reemplazar el nombre original de la capilla de la Veracruz para consagrarla al indígena. Jurado opina que “es muy improbable que Cantuña se hiciera rico por sí mismo”. En esa época solo uno de cada diez indígenas tenía casa propia, y sin embargo, Cantuña llegó a tener una tumba para él y sus familiares dentro de la iglesia. “¿Cómo va a poder un simple herrero conseguir todo eso?”, dice.

Ahora puede seguir buscando un tesoro del que no hay ninguna prueba de que esté escondido, o más fácil, reclamar a los españoles lo que se llevaron, como hizo el Colegio de Economistas del Perú en 1992 que, en un ejercicio de indignación moral selectiva, exigió a la corona española 647.074 millones de dólares y una disculpa pública del rey como reparación por el rescate pagado. Suerte.