La fuerza afroecuatoriana

12 diciembre, 2016
La fuerza afroecuatoriana

Especial Pioneros Soho 162

“Por eso vivo orgulloso de su colorido,
somos betún amable, de clara poesía,
tienen su ritmo, tienen melodía,
las caras lindas de mi gente negra”.

Ismael Rivera

¿Qué le aportaron al fútbol ecuatoriano los primeros jugadores negros de nuestro país? ¿Qué cosas aprendieron de ellos las estrellas de hoy? Aquí algunas pistas sobre su legado:

Por Esteban Michelena

 

Cuando conocí a Carlos “El Bacán” Delgado, me impresionó su personalidad. En el retiro, hablaba pausado y acariciaba su cultivado y encanecido mostacho. “Los futbolistas entramos en la categoría de artistas”, dijo, este inolvidable portero de Emelec, El Nacional, LDUP, entre otros y las selecciones de esos años setenta y ochenta.

Cuando le pregunté sobre el colorido vestuario que, lejos del negro de luto que usaban los arqueros en esos años, él impuso, enfatizó: “Es que nosotros somos artistas”. Medias blancas, pantaloneta verde, guantes blancos y buzo naranja: ¡todo un tucán! “Además, yo soy el Bacán”, subrayó el arquero, también pionero en portar gigantescos equipos de sonido móviles para meterle salsa y sandunga al santuario del camerino.

Histriónicos, técnicos, fuertes, rápidos, coloridos, avezados, enjoyados, a la moda, rumberos, botarates, extrovertidos y divertidos. Delgado reúne algunas de las características de los pioneros afro en nuestro fútbol, donde El Nacional tiene su peso específico: en su carta fundacional de 1964, el ex Mariscal Sucre establece que se crea el club para generar oportunidades calificadas de entrenamiento a futbolistas de todo el país, “especialmente de la provincia de Esmeraldas”.

De esa leva son talentos como Tom Rodríguez, Eulogio Quinteros, Motorcito Cheme, Horacio Prado, Rousevelt Castillo, entre otros, que abrieron trocha en la selva del fútbol profesional. Para los setenta, los negros aún eran minoría en el fútbol local yhallaron, en El Nacional, abrigo, trato adecuado, disciplina y oportunidades calificadas: tenían seguro y ganaban los 12 meses del año; además de alguna prebenda propia de la vida militar de esos años.

Otro de los referentes es uno de los mejores mediocampistas ecuatorianos de todos los tiempos, José Voltaire Villafuerte, quien por apodo no quedó atrás: a él le decían “El Cielo”. Lo entrevisté en su departamento del centro norte quiteño. Al salir, su guapa pareja chonera le ayudó a vestir una leva finísima, de aquellas de manga a medio brazo, según el canon de la moda neoyorquina. Afuera lo esperaba un jeep del ejército y se iba de compras al legendario comisariato de la institución. El Nacional reclutaba figuras aprovechando el servicio militar. Así fue pescado El Bacán. “Hacían batidas, llegaban en camiones a la salida de los bailaderos”, recordaba El Cielo.

Pepeaportó al glamur pelotero: el afro que lucía —unos 12 centímetros de ensortijado pelo quieto— pegó entre otros cracks de la época: el ofensivo Tyrone Castro, entre otros, que se distinguían por su afición a las cadenas, esclavas, anillos y otras joyas. Ni se diga la pinta, el afro, las chicas y los autos de dandi del infalible Ítalo Estupiñán, un tigre para negociar: cuando volvió a Ecuador para jugar en la U. Católica, además de todo gusto, se dio otro: se quedó con uno de los autos de Fidel Egas, presidente del club.

De esas mismas pintas sacaba prosa otro artillero esmeraldeño: Hermen “La Pantera” Benítez. Charlé con el papá de Chucho en su piso al norte de Quito, por donde hoy es la UDLA. Y me llamó la atención que, en su sala, hubiera dos equipos de sonido. “La música no puede faltar”, dijo este seguidor de Celia Cruz y El Gran Combo de Puerto Rico.

Suma la figura de otro memorable ariete: el gigante y corajudo Lupo Senén Quiñónez Cheme, “El tanque de Muisne”, quien volvió inolvidable un comercial de la Lotería de Guayaquil, en el que, con desparpajo, invitaba a comprar la suerte, pues con el premio podías hacer “¡lo que más a tú te convenga!”.

Y para cerrar un vistazo a los pioneros, Holger “El Piquetero” Quiñónez, defensa central de Barcelona que, con su parada de vocalista de Bob Marley, tuvo un destacado desempeño en Vasco da Gama y equipos de Colombia y Portugal.

A estos hombres deben en oro los actuales jugadores negros de nuestro fútbol. Ellos no vieron la gloria con la frecuencia actual y muchas veces —tras fracasar a nivel de selecciones y copas internacionales de clubes— sufrieron alevosos ataques racistas, de tal calibre, que algún narrador se permitía decirles cosas como “no pienses, negro… ¡pégale!”.

Sufrieron goleadas y afrentas, en especial los de El Nacional, a los que, pasada la frontera, la pelota se les volvía cuadrada. Y es de Copa América 1993una imagen de Carlos Delgado —tras un 5-0 contra Brasil en Goiania, con golazode una hoja seca del bello Eder—una de las más tristes que vi en mi vida: eso de la mirada al piso, el lomo doblado. Tras la goleada y luego de 15 años, el Bacán perdió su puesto en la Tricolor. El DT Ernesto “El Trompudo” Guerra advirtió a los seleccionados que les iba a llevar donde un proctólogo. Los nuestros, ciertamente, tenían miedos.

Con los años y tras un doloroso aprendizaje que costó sudor y lágrimas, los futbolistas afroecuatorianos consolidaron un lugar social a través del fútbol.A los pioneros les tocó de hacha y machete. Muchas veces, sus finales no fueron épicos como sus vidas: se me trancó el corazón cuando, en playa Las Palmas, El Bacán tapaba para los dos equipos, uno por cada tiempo. Y a cambio, recibía sendas tarrinas de arroz con pescado, menestra y patacones. Carlos murió indigente, tapando en esa playa, tras un balonazo que derivó a un infarto.“¡Las caras lindas de mi gente negra!”