¡ACÁ HAY AMOR, PANA!

12 diciembre, 2016
¡ACÁ HAY AMOR, PANA!

Por Esteban Michelena

 

Son las cinco de una tarde del último feriado. Estoy en el estiramiento de mi novata rutina física. Entonces los vi. Él, alto y delgado. Ella, pequeñita, muy frágil. Los dos son octogenarios y han detenido su caminata en una de las banquitas del parque. Se los ve tan hermosos.

Se han tomado de la mano. Ella, en su diestra, tiene una pequeña flor de esas que ahora sí hay en La Carolina. Me siento en una silla contigua. Reparo en los cientos de historias que acontecen en el parque. Cerca, la zona de los perritos: personas mayores divirtiendo a sus mascotas, y esbeltas atletas con sus canes imponentes.

Una familia de campesinos arriba a la misma zona. Son papá, mamá y un rondador de chiquitos. Una de ellas lleva en su chalina —como si fuera un bebé— otro perrito, desengañado, flaquito, de largo rabo y bajo de estatura: es un perrito “sin papeles” que, tímido, prefiere el pecho de su ama. Hasta que se baja y corretea, ladrando a sus camaradas. Estos le amagan, con fuertes ladridos. Y se vuelve un juego: el “sin papeles” que se acerca, los otrosque le ladran. ¡Y corre!

La familia campesina avanza a un costado del área perruna. Ella saca, también de su chalina, una olla con choclos y tostado. Es su picnic. Papá pone a botear una pelota que los chiquitos patean con alegría y sin precisión. Se suma el perrito que corretea a cual celoso marcapunta. Ellos son felices: tienen su cuarto de hora de respiro en una urbe cada vez más indiferente y hostil.

Los abuelitos no se hablan, siguen tomados de la mano: cada uno estará recibiendo la devastadora visita de la Señora Nostalgia. El siguiente cuadro me derriba. Es una joven madre que, con un bebé de pecho, se da modos para empujar la bici que otro peladito aprende a manejar. El niño cae. Pero se levanta y persevera. Cuando al fin la cicla está al mando del pequeño, ella grita de alegría.

Los abuelos se pierden en uno de esos pasillos señalizados con plantitas. La Señora Nostalgia se pasa a mi banquita. En mi infancia, el parque era una enorme extensión de territorio comanche. Llegábamos en bici, a alquilar los potros mañosos que hasta hoyse alquilan en esa cuadra. Era la infancia salvaje: con doce años, la gallada estaba liderada por uno de los “grandes” que llegaba en moto, para arrear a las bestias que montábamos hasta dejarlas extenuadas.

También en esos pastos aprendimos a jugar pelota y a que ningún partido de la vida se podía perder. Veníamos de Miraflores y los clásicos eran contra los chicos de ese barrio, entonces residencial y de casonas de patios inmensos. No llegamos a artistas de la redonda, pero tomamos lecciones de coraje y de actuar en equipo.

Alguna vez los clásicos terminaron a “quiños”: también aprendimos que esos temas se resuelven dos a dos y con un riguroso código de ética: sin patadas y sin reventarle en el suelo al caído. Con el tiempo, aprendimos que todos éramos amigos y que las cosas de la cancha son como las de Las Vegas: ahí quedan.

Por fin, La Carolina es un sitio donde estar. ¡Chévere, alcalde! Los parques son lugares indispensables no solo por los servicios que prestan: aquí se aprende a ser de un sitio, a pertenecer a una ciudad, respetar unos colores y una divisa.

Guayaquil fue más Guayaquil cuando —también por fin— decidió ya no darle la espalda al manso Guayas. La construcción del Malecón les dio chance de ser más guayacos, de “ir siendo, seguir siendo”, como dijo Juan Gabriel. Esmeraldas, quinientos años después, recuperó para sus hijos su playa emblemática, Las Palmas. En estos sitios, uno se enamora, se toma fotos, invita a los panas. Y dice: mira, esto es mío.

Fue al ocaso de una tarde de feriado. Toca cuidar los pocos sitios públicos donde acontecen historias como estas. Bien, alcalde. ¡Acá hay amor, pana!