Las trampas de la nostalgia tienen soundtrack

12 diciembre, 2016
Las trampas de la nostalgia tienen soundtrack

INVENTARIO

 

Por José María León

 

Después de 16 años volví a Warendorf, el pueblito alemán donde viví un año de mi adolescencia. Lo encontré como estaba guardado en mis recuerdos: sereno, lleno de granjas de ladrillo rojo y tractores verdes, flanqueadas por trigales altísimos, bosques que esconden riachuelos angostos e interminables senderos de bicicleta. Estaban aún muchos de mis amigos, convertidos en padres y sin los picos de voltaje propios de esa brecha entre la seguridad de la niñez y las responsabilidades de la adultez: Florian ya no tenía el pelo enredado en rastras improvisadas con goma, se había casado con Maureen, su novia de toda la vida, y tiene dos hijos maravillosos. Su hermana Annemarie, que tenía dos años cuando viví en casa de sus papás Franz e Ines, se había mudado a una ciudad a tres horas para estudiar Enfermería, pero estaba de vuelta para celebrar el cumpleaños 50 de su mamá. Entre las fotos que nos quedan de esos días felices en la campiña alemana, Annemarie y yo tenemos una especial: estamos sentados en el banco de la cocina, el uno al lado del otro, abrazados a principios de milenio, cuando los teléfonos móviles eran unos ladrillos monocromáticos y escasos que no tomaban fotos, y las tejas rojas de las casas no tenían pegados unos paneles futuristas para captar energía solar. Yo tengo la cara poblada por el acné de los chicos tímidos y ella las mejillas rojas y los rizos dorados. En nuestro reencuentro, por supuesto, sucumbimos al lugar común de repetir la foto. Jan y Christian me llevaron a la puerta del bar que reemplazó al pub donde solíamos tomar cerveza de miércoles a sábado. El Irish Pub, así a seca dignidad, lleva hoy un nombre de pirata que es un calambur triste: BarBarossa. En 1999 era el único lugar al que se podía ir. Aún estaba permitido fumar dentro, así que a eso de las once de la noche —cuando todos los chicos de Warendorf nos habíamos metido de una u otra manera en ese sótano a jugar dardos, tomar cervezas y coquetear con la torpeza propia de los adolescentes— una nube densa de humo tóxico nos asfixiaba. Para escapar de ella, nos sentábamos en el suelo a conversar, esperando el turno para la mesa de pool o la ronda de dardos. La noche de otoño en que fuimos a recoger nuestros pasos, estaba cerrado. La vereda frente a él, que en nuestros tiempos solía estar apilada de bicicletas, estaba desolada. Un farol titilaba tenues intermitencias sobre las piedras centenarias del centro de la ciudad fundada por los romanos en 1200. Isabela nos tomó una foto con el teléfono frente a las ruinas de nuestra última infancia. Cuando murió John Lennon, en 1981, Gabriel García Márquez escribió que la trampa de la nostalgia consistía en quitar de su lugar los momentos amargos, pintarlos de otro color y ponerlos en lugares donde ya no duelen. “Como en los retratos antiguos, que parecen iluminados por el resplandor ilusorio de la felicidad” —escribió el Nobel colombiano— “y en donde vemos con asombro cómo éramos de jóvenes cuando éramos jóvenes, y no solo los que estaban allí, sino también la casa y los árboles del fondo, y hasta las sillas en que estábamos sentados”. Warendorf, 16 años después, era un campo minado de nostalgias: no había lugar donde no hubiese un recuerdo feliz. En ese texto de hace 35 años, García Márquez dice que la nostalgia empieza por la música. “En realidad, nuestro pasado personal se aleja de nosotros desde el momento en que nacemos, pero solo lo sentimos pasar cuando se acaba un disco”. Debe ser cierto porque escribo mientras escucho el soundtrack de ese tiempo feliz: Digital ist besser de la banda alemana Tocotronic, un disco que, desde el año 2000, no logro que le guste a nadie más que a mí, cosas que pasan cuando uno cae en las trampas de la nostalgia.